De Joker y otros asuntos para mayores

Silencio, están hablando los mayores. Era la frase que más de una vez nos intimidó en nuestra infancia, hasta impedirnos levantar la mirada por encima de la mesa a la que se trataban distintos temas por parte de un corrillo de personas adultas.

Hoy, la industria audiovisual de los grandes estudios estadounidenses (y concretamente uno de ellos) ha perfeccionado un modelo de producción fordista para la creación de productos dirigidos a un público de mentalidad infantil. No digo esto con una connotación negativa, sino ajustándome simplemente a los márgenes de entendimiento y disfrute que pueden hacer las delicias de un niño de ocho años, pero con suerte y de vez en cuando también de uno de cincuenta.

Sin embargo, hace un tiempo estos estudios descubrieron una nueva herramienta de promoción para diferenciar algunos de estos productos, clavos a los que el martillo de la industria se resistió a aplastar, para intentar dejar que sobresaliesen por encima de la mediocridad general de su catálogo contemporáneo. Me estoy refiriendo a una simbología de marketing que ya conocíamos en la televisión de nuestro país con aquellos llamativos dos rombos, el irresistible poder de atracción del círculo rojo que encierra un enorme y provocador 18.

Aunque muchos citarán Deadpool como la película que abrió este camino entre las superproducciones modernas, no puedo evitar fijarme en una saga anterior que ya mostró un claro cambio de tono en el tratamiento de la adaptación del superhéroe comiquero: me refiero, por si quedaban dudas, a la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan. Y resulta que, aunque las películas del bueno de Nolan aparecieron sin excesivos chorreos de sangre, ya apuntaban hacia la búsqueda de un sentido más profundo en el hecho de que un tipo que está algo mal de lo suyo decida calzarse unos leotardos acorazados para repartir estopa a los criminales durante la noche. Muchos estaréis pensando en Blade como precursora de todo este oscuro asunto, pero quiero ir al grano de una reflexión que se desviaría mucho si comienzo a pensar en la cautivadora sonrisa repleta de colmillos de Wesley Snipes.

Estaba claro que las anteriores adaptaciones del héroe de Gotham no habían sido especialmente afortunadas, pezones incluidos, y esto sin duda fue un condicionante para tomar una dirección que, por simplificar, ha acabado definiéndose como más “adulta”.

No me olvido de Batman, pero doy un salto hasta años más cercanos, ya con Deadpool, Logan, Venom y la reciente Joker. Está claro que tratar de copiar lo que se ha estado haciendo con el universo compartido de Marvel era un error condenado al fracaso, a quedar como intentonas desesperadas y siempre inferiores a la fórmula explotada y perfeccionada por la competencia. En lugar de eso, la mejor decisión podía ser dirigirse a un público diferente, que ya tuvo en sus grasientas manos adolescentes todos aquellos cómics y que ahora, a pesar de seguir queriendo a esos personajes, tiene puntos de vista muy diferentes del mundo que les rodea.

Y aquí es donde viene el asunto con el que quiero terminar esta reflexión. Entre los pocos proyectos que consiguieron la luz verde manteniendo el sello de +18 en la portada, hubo un tratamiento bastante diferente. Algunas lo entendieron como una simple maniobra publicitaria, creando el mismo producto menor y de fácil consumo con un extra de tacos y sangre. A pesar de ello, hubo uno que sí supo enfocarse a un público realmente adulto, y lo hizo inesperadamente bajo la dirección de un tal James Mangold.

He perdido la cuenta de las veces que he visto Logan desde su estreno, por lo que me ceñiré en la medida de lo posible a aquella singular experiencia en la sala de cine. Allí estaba viendo un tratamiento de personajes serio, con distintas y variadas capas, y un trabajo actoral soberbio, además de un pulso firme en la dirección, que no temblaba ni siquiera en las escenas de más de cinco minutos de puro diálogo. Habíamos ido a ver Sin perdón con garras en las manos y no teníamos ni idea. Mangold lo hizo, convenció al estudio para crear una historia que mereciera la pena contar, alejada de fuegos de artificio y conflictos banales. Sí, hay sangre y violencia, pero ésta tiene un sentido dentro de la historia y la hace avanzar tanto como cualquiera de sus diálogos. Esa es la película que hace las delicias del adulto de veinte, treinta o setenta años, la que toma en serio a su audiencia y la considera paciente e inteligente, como ya hizo Nolan con su Batman (os dije que no me olvidaría).

Este tipo lleva horas hablando y ni siquiera menciona la película que incluye en su titular. No, tampoco me he olvidado de Joaquin Phoenix y sus problemillas, y aunque creo que esta película también se sitúa en el bando de las que considera a su audiencia medianamente inteligente (y en este caso sobrada de paciencia) no puedo evitar lamentarme de que el director, esclavo del título de la obra, cuente la historia desde el punto de vista de su protagonista de tal modo que acabe ensalzándolo. La moral de la película es la misma que la del Joker, y de ese barco me veo obligado a bajarme radical e inmediatamente. Aún así, espero más proyectos que tomen en consideración a una audiencia más exigente con las historias que recibe, y experimentos como este último para llevar a cabo las (aparentemente) agotadas adaptaciones del cómic de superhéroes harán que mantenga la esperanza en algunos de los futuros productos que pueda manufacturar esta industria.

Posdata: Watchmen no cuenta. Otro día vamos contigo, Zack Snyder.

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